Mis hijos,
gracias por reunirse en oración y por atender Mi llamado en sus corazones.
Mis hijos, a menudo escucho que muchos de ustedes anhelan numerosos dones, pero Dios les ha dado dos dones especiales: uno es la inteligencia y el otro es la conciencia.
Necesitan la inteligencia para discernir el bien del mal; de lo contrario, las leyes de Dios por sí solas habrían sido suficientes para ustedes. Son capaces de saber qué acciones conducen hacia Dios y cuáles hacia Satanás.
Él les ha dado una conciencia, que es la palabra de Dios dentro de ustedes, y saben conscientemente lo que está bien y lo que está mal.
Y luego Él les ha dado libertad. Así que les pregunto, hijos: ¿tienen las herramientas adecuadas para caminar hacia la vida eterna o no?
Hagan del uso de estos dones su prioridad y no pidan nada más, porque si no los usan, podría ser peligroso para todos, ya que a muchos les falta humildad.
Los amo y estoy cerca de ustedes.
Ahora los bendigo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Reflexión sobre el mensaje:
Nuestra Señora hace referencia al relato final de Pentecostés para compartir una confianza con nosotros: muchos, probablemente después de escuchar la Liturgia de la Palabra del domingo pasado, le pidieron recibir “muchos dones” (San Pablo los enumera en su Primera Carta a los Corintios, capítulo 12).
Sin embargo, olvidamos dos cosas fundamentales:
– la primera es que el Señor concede estas manifestaciones del Espíritu para el bien común, para servir a nuestros hermanos y hermanas, no para aumentar nuestra fama, nuestro éxito o nuestro orgullo;
– la segunda es que ya poseemos dones divinos muy importantes que representan nuestra esencia más profunda.
Aquí están:
– la inteligencia, que nos ayuda a interpretar la realidad y comprender qué acciones conducen a la felicidad y al amor y cuáles, en cambio, conducen a Satanás;
– la conciencia, que es la parte más íntima y sagrada de una persona (su corazón), donde Dios le habla. Mientras que la inteligencia nos ayuda a comprender qué es bueno o malo en abstracto, la conciencia nos permite tomar decisiones concretas, hacer lo correcto o advertirnos si estamos haciendo algo mal;
– finalmente, la libertad, que es el mayor don. Es la capacidad de elegir consciente y voluntariamente el bien. No significa hacer lo que uno quiera.
Examinemos nuestras conciencias, porque Nuestra Señora no ve humildad en nuestros corazones; y antes de tomar cualquier acción, preguntémonos: ¿Estoy haciendo algo que agrade a Dios? ¿Cómo se comportaría Jesús en mi lugar, en esta situación específica?
Fuente: ➥ LaReginaDelRosario.org